Arquitectura en los Juegos Olímpicos

¿Cuál es el modelo de futuro para los Juegos Olímpicos del siglo XXI?

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Más o menos como dijo el difunto crítico cultural Mark Fisher, «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de los Juegos Olímpicos». Es más fácil, pero no imposible.

Un año antes del estreno de la última temporada del culebrón, está vez localizado en Tokio, las líneas argumentales estándar se desarrollan como de costumbre. Sobrecostos. Alegaciones de corrupción. Cancelaciones. Dimisiones. Preocupación por los “elefantes blancos”. Ansiedad causada por ese temido vocablo que persigue a todos los Juegos: legado.

El argumento suele ser el mismo cada cuatro años. Porque cada cuatro años el mundo parece olvidarlo. Las esperanzas y promesas de la candidatura (¡Los Juegos Olímpicos más ecológicos! ¡Los Juegos más rentables! ¡Los Juegos más espectaculares! etc.). Seguidos de la cruda realidad del cumplimiento de esas promesas (cruda sobre todo para aquellos pobres con la mala suerte de vivir cerca del recinto olímpico). Y luego: ¡que empiece el espectáculo! Bonitos fuegos artificiales, brillantes medallas, Usain Bolt, ¡Adelante Gran Bretaña!… no ha estado mal ¿no? Y luego, de vuelta a casa. El bajón inevitable. Reportajes sobre recintos deteriorados, parques con maleza, gran deuda pública. Seguidos de amnesia, y vuelta a empezar de nuevo. Las esperanzas y promesas de la candidatura, seguidas de la cruda realidad de… etc.

Los Juegos de Londres en 2012 podían haber sido un punto de inflexión. Como siempre, hubo comunidades y culturas desplazadas cuando se despejó la zona de obras. La gentrificación y la especulación inmobiliaria sin control continuaron tras los Juegos. Pero no hubo corrupción. Un débil elogio, lo sé, pero algo es algo. Se llegó a tiempo y dentro de presupuesto (ciertamente alto y en aumento). Fue un milagro de planificación y construcción eficiente a largo plazo. No fue una vergüenza nacional, lo cual, a la vista de la situación actual en el Reino Unido, es todo un logro. Y, siete años después, en medio de la gentrificación y la especulación inmobiliaria sin trabas, los recintos están muy concurridos, y la antigua villa olímpica es muy popular. Y está libre de maleza.

Sin embargo, los juegos de Rio de 2016 recuperaron el guion estándar. Acusaciones de corrupción, chantaje, violaciones de los derechos humanos, desplazamiento de decenas de miles de personas. Reportajes sobre recintos deteriorados, parques con maleza, etc. Al igual que Paris 2024 que, si bien aún se encuentra en la fase de “esperanzas y promesas”, con un lema de rabiosa actualidad (“Hechos para compartir”) y promesas de euforia colectiva, un “futuro mejor” y momentos “instagrameables” (“donde cada uno puede compartir sus emociones”) ¿Y Los Ángeles 2028? “Una ciudad en la que hacemos realidad lo imposible”, “Los nuevos Juegos para una nueva era…”

Cariocas Arenas, Rio 2016 Olympic Games, designed by WilkinsonEyre
Arenas Cariocas, Juegos Olímpicos Rio 2016, diseñado por WilkinsonEyre_© 2016 AECOM_Imagen de Robb Williamson

¡PAREN! Paren de una vez. Por favor. ¿No es hora de que cambiemos el guion?

Ese guion, esencialmente el mismo argumento detrás de los cambios urbanos en economías capitalistas desde la década de los 50, está siendo o bien revisado o bien criticado ferozmente en muchos lugares del mundo, dependiendo de la inclinación política de cada uno. Marshall Berman identificó esta trama básica en su obra maestra sobre ciudades modernas, Todo lo sólido se desvanece en el aire (1982). La historia se basa en un clásico: Doctor Fausto. Lo imposible se hace realidad, pero tiene un precio. Consigues la inmortalidad, pero hay un lado negativo: debes vender tu alma. Esta ha sido la base del gobierno de las ciudades occidentales durante décadas: inversión, pero alguien debe pagar. No hay alternativa.

¿O sí la hay? En una época en la que el mundo se encuentra, digamos, en constante cambio, en la que nuestra tolerancia a la corrupción es baja (y nuestra capacidad para identificarla es alta, con soplones cibernéticos y el #MeToo), y nuestra confianza en las autoridades es aún menor; cuando la inevitabilidad del crecimiento económico se pone en duda y la forma aceptada de hacer las cosas en cualquier esfera de la vida está en entredicho—y ni siquiera me estoy refiriendo a la emergencia climática o a las perspectivas de crisis económica mundial—uno se pregunta cuánto tiempo le queda al modelo de Juegos Olímpicos actual. ¿Es Londres 2012 o Barcelona 1992 lo mejor que cabe esperar? Gentrificación, especulación inmobiliaria sin control, pero sin desastres importantes e instalaciones que incluso se utilizan. ¿Esto es todo? ¿O hay alguien ahí afuera que pueda imaginar un nuevo argumento?

Imagen principal: Arenas Cariocas Juegos Olímpicos de Rio 2016, diseñado por WilkinsonEyre, Imagen © WilkinsonEyre