Reacción en cadena

La clave para un consumo más ético está en la cadena de suministro

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Han pasado ya más de cinco años desde que se produjo el accidente de la fábrica Rana Plaza en Dhaka. En ese tiempo ha quedado claro que las grandes compañías europeas que producen ropa en Bangladesh no han cumplido su promesa de mejorar las condiciones laborales de los trabajadores. Ese día más de mil personas murieron al desplomarse un edificio de 80 plantas. Ese día también salieron a la luz las circunstancias en las que trabajan aquellos que producen buena parte de la ropa asequible que compramos en Occidente. Ante la catástrofe, más de 250 empresas firmaron un acuerdo para mejorar las condiciones de trabajo en las fábricas del país. Sin embargo, el mes pasado un tribunal de Dhaka pidió el cese de las operaciones del grupo, después de reclamar que 500 compañías aún no habían llevado a cabo las revisiones pertinentes.

Esta serie de acontecimientos pone de manifiesto lo poco que sabemos sobre la procedencia de los objetos que se producen a escala global, a pesar de la creciente demanda de los consumidores de productos elaborados éticamente y su apuesta por un consumo responsable. En octubre de 2017, Fairtrade International anunció que las ventas globales de alimentos cultivados éticamente subieron un ocho por ciento y que las transacciones alcanzaron un valor de 8,5 billones de euros. Lamentablemente, el mercado de productos fabricados éticamente es más difícil de evaluar, puesto que no hay una estrategia parecida de certificación orientada al consumo reconocida mundialmente. Sin embargo, se perciben señales claras de que la demanda en esta área está creciendo: en 2015 un informe elaborado por la empresa de investigación de mercados Nielsen afirmaba que el 66 por ciento de los consumidores de todo el mundo pagarían más por marcas comprometidas con impulsar un impacto positivo social y medioambiental, una cifra que representa un aumento del 50 por ciento respecto a la de dos años antes. En Gran Bretaña, por ejemplo, el valor del gasto ético alcanzó una cifra máxima: un 3,2 por ciento más, hasta llegar a los 81,3 billones de libras esterlinas, según la ONG Ethical Consumer.

Ethical Trading Initiative, una organización que trabaja con minoristas, proveedores y marcas de varios países, y cuyo objetivo es mejorar las condiciones de trabajo en la cadena global de suministro, cree que sus miembros están empezando a notar la presión. “Los consumidores ahora pueden mostrar sus preocupaciones de forma más efectiva y también pueden movilizar rápidamente a otras personas a través de las redes sociales, que son una herramienta muy poderosa”, manifiesta esta organización en un informe reciente de tendencias. “El temor a ser objeto de críticas es todavía la motivación principal de las empresas para llevar a cabo este tipo de acciones”. Pero el informe también añade que, pese al creciente poder que han adquirido los consumidores en una sociedad conectada, abogando por un consumo responsable, es difícil para ellos saber realmente dónde y cómo se fabricaron los productos que consumen: “Esperan que sean las marcas las que se ocupen de ello”.

Esta es una observación que lleva directamente a la raíz del problema. En 1998 se fundó la organización ETI (Ethical Trading Iniciative) como respuesta a la pérdida de credibilidad de algunas empresas respecto a sus esfuerzos para cumplir con los derechos de los trabajadores establecidos por la Organización Mundial del Trabajo, en buena parte debido a la globalización y la fragmentación de las cadenas de suministros. La realidad era que las empresas se controlaban a sí mismas de manera bastante inconsistente. Dos décadas después ¿quién puede afirmar con seguridad que nuestra ropa, muebles o móvil se producen con unas garantías mínimas para los trabajadores? Incidentes como el derrumbe de la fábrica Rana Plaza en 2013 en Bangladés y los continuos informes sobre las malas condiciones de trabajo en las fábricas chinas nos advierten sobre hasta qué puntos los consumidores podemos confiar en las empresas a la hora de tomar decisiones éticas y fomentar así un consumo responsable.

A su vez, las propias empresas –sobre todo las más pequeñas y con menos control sobre cómo operan las fábricas en las que se manufacturan los productos– se encuentran ante un dilema ético: o bien aceptar los costes adicionales de fabricar localmente con leyes laborales estrictas y sueldos más altos, o bien continuar beneficiándose de salarios más bajos por un trabajo equivalente, normalmente en países en vías de desarrollo, sin tener la seguridad de que los  trabajadores tengan buenas condiciones laborales.

Gus Bartholomew, cofundador de Supply Compass, visita una fábrica de terracota en Portugal

La ética fundamental en los subcontratos internacionales es un tema que da para mucho: tal como está planteado, el sistema de fabricación de los objetos de diseño –desde la moda al mobiliario– se produce dentro de un marco global, lo que significa que mientras la presión para producir rápidamente y de forma barata continúe, lo más probable es que el sistema siga así. Pero la explotación provocada por este sistema se perpetúa por la ausencia de transparencia; la distancia, la complejidad y las comunicaciones poco claras permiten a las empresas sin escrúpulos despreocuparse del bienestar de los trabajadores y fuerzan al resto a hacer la vista gorda. Mientras tanto, por su parte, los fabricantes luchan por superar las auditorías, pesadas y caras, para las diversas marcas, sin garantía de ninguna consistencia. “El cambio se dará cuando todo el mundo empiece a trabajar mejor conjuntamente”, dice Flora Davidson, cofundadora de Supply Compass, una organización dispuesta a “crear las cadenas de suministro más fiables del mundo”. Su solución consiste en aprovechar mejor la tecnología. “Las cadenas de suministros están todavía en la Edad Media. No están conectadas, son ineficientes y están fragmentadas; la comunicación se da por medio del correo electrónico y el desarrollo del diseño se trabaja con Excel. Nuestro objetivo es llevar las cadenas de suministro a la era digital”.

Su sistema es un “software como servicio” que conecta a las marcas con fabricantes aprobados; cada uno de estos fabricantes cuenta con un perfil con vídeos, fotos de productos, datos e información de las certificaciones. Toda la comunicación –desde los presupuestos hasta el envío de diseños, los pedidos, las peticiones de muestras y la organización de las entregas– puede llevarse a cabo a través de esta plataforma en línea. Y lo más importante, el equipo de Supply Compass visita y selecciona cada una de estas fábricas, y pone tanta atención a las necesidades de los fabricantes como de las marcas. La tecnología, en este caso, no es un sustituto de las relaciones humanas, sino una herramienta que ayuda trabajar mejor de manera colaborativa y a fomentar una producción y un consumo responsable.

Charlotte Instone, fundadora de Know the Origin, en la India con miembros de un equipo de suministros. Imagen cortesía de Know the Origin

De manera similar, Know the Origin es una marca de moda que muestra a los consumidores el proceso de manufactura, algo que su fundadora, Charlotte Instone, cree que estos piden cada vez más a medida que se vuelven más conscientes. El derrumbe del edificio Rana Plaza fue lo que la impulsó a montar esta iniciativa, que cuenta–según asegura– con una cadena de suministro cien por cien trazable y un fabricante aprobado personalmente. “Los altos niveles de secretismo en las cadenas de suministro han permitido que los estándares de la industria de la moda se deterioraran”, añade. “El 61por ciento de las marcas no saben quién produce su ropa y el 93 por ciento no saben de dónde proceden los tejidos”.

Empleado en una fábrica de ropa en la India. Imagen cortesía de Know the Origin

Y lo que es quizás más interesante todavía es que Instone está investigando el uso potencial del blockchain para ofrecer una mayor protección a fabricantes y compradores. La tecnología detrás de las criptomonedas como el Bitcoin se percibe como un método que puede ofrecer una mayor vigilancia sobre la procedencia de un artículo: cada pieza recibe una etiqueta única que el comprador puede trazar y localizar a lo largo de todo el trayecto usando tecnología inteligente. La tecnología de la cadena de bloques ya se está utilizando en la producción de comida: sistemas como Jetstream Africa y Agromovil en Suramérica ya la están usando, combinada con la tecnología de los teléfonos inteligentes, para conectar mejor a los pequeños productores con el resto de la cadena de suministro, tanto para volver el sistema más efectivo como para mejorar los sistemas de pago. Todo esto se construye gracias a la expansión del acceso a los teléfonos móviles y a su cobertura en los países en vías de desarrollo, lo que ha permitido el éxito de Laborlink, que usa tecnología básica como los mensajes de texto para obtener respuesta directa de los trabajadores de las fábricas sobre sus condiciones laborales.

Pero en última instancia, la transparencia –al igual que la tecnología misma– es una herramienta para mejorar y no un objetivo en sí misma. Iniciativas como Supply Compass y Know the Origin solo tendrán un cierto impacto cuando sean una tendencia global. Para llegar a ello no basta con que los consumidores y las marcas más pequeñas sepan más sobre cómo se fabrican sus productos, sino también que las grandes compañías reaccionen ante toda esta información. La reciente noticia de que, pasados cinco años, las empresas que se comprometieron a mejorar las condiciones de la fábrica de Rana Plaza no han llevado a cabo los cambios necesarios es un ejemplo de cómo incluso las tragedias ampliamente divulgadas pueden tener poco impacto.

Imagen principal: Trabajadora del sector textil en Bangladesh. Alamy Stock Photo