De la competición al cuidado mutuo

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La emergencia planetaria se está convirtiendo en un motivo de honda preocupación para un número creciente de personas, que se preguntan cómo podemos hacer frente a este reto aparentemente insuperable. Creemos que los cambios necesarios se producirán principalmente gracias a la transformación cultural, más que la tecnológica, y que aquella debe darse en nuestra mentalidad y en las ideas compartidas que determinan en gran medida el funcionamiento de la sociedad. Como coautores que trabajamos en el ámbito de la construcción, consideramos que estas transformaciones son esenciales para evolucionar desde el diseño y el desarrollo «sostenibles» hacia los «regenerativos», un ámbito de pensamiento y práctica cada vez más reconocido, pero aún poco extendido.

El replanteamiento de las ideas caducas sobre la supervivencia a través de la competencia y la naturaleza innata del ser humano ha dado lugar a un espacio intelectual donde cabe imaginar una nueva forma de vida basada en el cuidado y la colaboración. Uno de los cinco cambios clave de mentalidad que describimos en nuestro libro Flourish: Design Paradigms for Our Planetary Emergency, el simbiogénesis concibe el diseño como un proceso fundamentalmente inclusivo, consensuado y de cocreación que puede dar lugar a nuevas estructuras y formas de vida. Para lograrlo será necesario no sólo un cambio de perspectiva por parte de los equipos de diseñadores, sino también un replanteamiento de la formación en diseño, los métodos de colaboración y las formas de gobernanza.

Para diseñar nuestros espacios, ciudades e infraestructuras en el nuevo paradigma de la simbiogénesis necesitamos transformar nuestros códigos profesionales. En nuestra opinión, esto debe basarse en la transición del diseñador como crítico-consumidor solitario a un nuevo papel como orientador-ciudadano colaborador.

El proceso de diseño colaborativo para el Pabellón de Filipinas en la 17ª Exposición Internacional de Arquitectura de la Biennale di Venezia involucró a residentes de la comunidad GK Enchanted Farm. Foto © Alexander Eriksson Furunes

Gran parte de la cultura del entorno construido parece estar anclada en las viejas temáticas darwinianas de la mutación y la supervivencia del más fuerte. Al sentirnos obligados a afrontar el mundo con una perspectiva crítica, los diseñadores buscamos cuestiones con las que competir o sobre las que quejarnos, en lugar de contribuir o ayudar a cambiar.

Esto comienza en la cultura, a menudo despiadada, de las universidades, donde se espera que los estudiantes pasen la mayor parte de su tiempo en el estudio, abonen tasas desproporcionadas comparadas con su potencial de ingresos futuros y presuman de su falta de sueño como si de una medalla se tratara. Al graduarse, esta «desviación» degenerativa se materializa en las estructuras habituales del sector, como los concursos de diseño para tener acceso a nuevos proyectos o, al menos, lograr la tan deseada «visibilidad», y su otra expresión, el premio de diseño, a menudo un ejercicio de marketing poco profundo, cuyos adeptos parecen aumentar cada año en busca de patrocinios.

En teoría, estos formatos competitivos permiten que salgan a la luz nuevos talentos y nuevas ideas. En la práctica, imponen una cultura de trabajo extractiva y explotadora, una continuación de la cultura de la privación del sueño (declarada por la ciencia perjudicial para el pensamiento creativo) que transfiere gran parte del coste de las nuevas ideas al diseñador (o al equipo de diseño), al que a menudo se le exige que trabaje gratis, en contra de las probabilidades de éxito, y anima a los individuos a verse unos a otros como rivales. Es habitual que los estudios de arquitectura dediquen un tercio de su tiempo a la búsqueda de trabajo. Esto provoca una pérdida de energía creativa, lo que puede contribuir a la desconfianza, la desilusión y el abandono de la profesión.

Proyecto de reparación de intersecciones en Los Angeles Eco-Village, inspirado y asesorado por el arquitecto Mark Lakeman de City Repair Project (CityRepair.org), transformando intersecciones residenciales hechas para automóviles en plazas públicas para personas. Foto © Lois Arkin

Otra tendencia degenerativa en la cultura del diseño es la propensión al diseño visto como consumo. Como proceso, esto toma la forma de diseños poco originales y sin sentido, sintetizados a partir de agregadores de imágenes como Instagram y Pinterest y páginas web como Dezeen y Architizer. Como función, adopta la forma del diseñador como especificador, reducido a la selección de materiales de un catálogo de productos o estilos. En ambos casos, el consumidor-diseñador reduce voluntariamente su labor a la de creador de imágenes o comprador, en lugar de ampliar su área de posible influencia.

Afortunadamente, también podemos encontrar brotes verdes de la alternativa regenerativa: la aplicación de la simbiogénesis a los sistemas de la cultura del diseño.

Existen numerosas alternativas interesantes a los concursos como medio para que los estudios desarrollen su cartera de proyectos. Por ejemplo, las iniciativas profesionales al servicio de la sociedad civil, como el programa The One Plus, puesto en marcha por Public Architecture en California, que pone en contacto a empresas de diseño con organizaciones sin ánimo de lucro que necesitan apoyo en materia de diseño.

También podemos encontrar modelos regenerativos de premios de diseño, que optan por invertir en lugar de explotar, dando prioridad a la creación de una comunidad, al aumento de la capacidad y al intercambio de un conjunto de conocimientos por encima de los ingresos por marketing y patrocinio. Un ejemplo en este sentido es el Premio Aga Khan de Arquitectura. Es notable por su compromiso con la construcción de una comunidad interdisciplinaria de trabajo y un conjunto de conocimientos en torno a la arquitectura y el urbanismo de excelencia al servicio de las comunidades pluralistas que incluyen a los musulmanes. También podríamos denominar ciudadanos-diseñadores a los que se comprometen con estas estructuras basadas en la simbiogénesis.

Edible Garden City es una de un número creciente de empresas de Singapur que buscan cultivar productos frescos en sitios urbanos densos. La empresa social mantiene varios jardines en toda la ciudad-estado, incluido uno en la azotea del centro comercial Raffles City que cultiva más de 1600 hierbas y plantas. Foto © Bjorn Low

Estos nuevos modelos positivos sugieren que deberíamos poner fin a la idea del diseñador como genio solitario en competencia con otros y que deberíamos reconocer la conexión entre creatividad, lugar y comunidad. Existe una noción romántica de que las grandes ideas surgen en ciertos individuos como destellos de inspiración y se esbozan en el reverso de un sobre antes de ser convertidas en realidad por un equipo disciplinado. Puede que sea una forma eficaz de diseñar monumentos con un propósito simplificado, pero para casi todos los demás aspectos del entorno construido, es una forma lamentablemente anticuada de abordar una tarea tan compleja como el diseño de un nuevo barrio, un paisaje vivo o un sistema de transporte.

Benjamin Zander se ha referido con elocuencia a cómo los que ejercen su profesión, los directores de orquesta, no emiten sonido alguno y dependen en cambio de su capacidad para hacer que otras personas realicen una labor extraordinaria. ¿Podrían los profesionales del sector de la construcción aspirar al mismo grado de cooperación focalizada y ver su papel como unificadores de los esfuerzos individuales de un grupo en un todo cohesionado y brillante como un director de orquesta-diseñador?

¿Qué significa esto para ti y tus colaboradores? ¿Cambiar la forma de operar en un estudio de arquitectura o el funcionamiento de una empresa de diseño marcará la diferencia? En palabras de los organizadores de la Marcha Popular por el Clima: «Para cambiar todo, necesitamos a todos». Interpretamos que esto significa que necesitamos que toda la diversidad de nuestras sociedades esté representada en una proporción suficiente para lograr un cambio significativo. El trabajo de Erica Chenoweth ha revelado que cuando el 3,5 % de una población se involucra activamente en una causa, el cambio es casi inevitable. Dada la magnitud del problema, la gravedad de los retos actuales para muchos y el posible resultado final para todos, ¿quién no querría participar?

Texto adaptado de Flourish: Design Paradigms for Our Planetary Emergency, obra de Sarah Ichioka y Michael Pawlyn (Triarchy Press, 2021). www.flourish-book.com

Imagen principal: El diseño para la salud planetaria integrará naturaleza y cultura. Para el pueblo de Hengkeng en Zhejiang, China, DnA Architects diseñó un escenario natural de usos múltiples, que alberga una variedad de actividades, desde representaciones de ópera local hasta sesiones de meditación. Inspirada en la historia, la cúpula está construida con bambú vivo; con el tiempo, se entrelazan nuevos brotes y se eliminan los postes viejos de la estructura existente. Foto © Ziling Wang

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