Romper con la anomia

Hacia un código de conducta del uso del móvil en el espacio público

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Es necesario crear unas normas de etiqueta para el uso del teléfono móvil en público aceptadas y convenidas por todos, para liberar el espacio público de aquellos que comercian con la atención de las personas.

Las ciudades, los diseñadores y los sociólogos reconocen ahora un problema surgido a raíz de la omnipresencia de los teléfonos inteligentes. Los peatones se han acostumbrado a mirar sus teléfonos mientras caminan, sin prestar atención a los que pasan por su lado, a pesar de que se encuentran en un espacio público compartido. Incluso se ha inventado un neologismo para definir esta conducta: smombies (contracción de smartphone zombie). En algunas ciudades ha habido intentos para regular el uso de los teléfonos en la calle apelando a la seguridad pública: los peatones caminan distraídos y enfrascados en el móvil hasta el punto de que los accidentes de tráfico están aumentando en todo el planeta. En la ciudad israelí de Tel Aviv y en la alemana de Augsburgo han instalado LEDs en el suelo de las calles a modo de semáforos para aquellos que caminan con la cabeza fija en el teléfono, y en Seúl han dibujado señales de tráfico en las aceras. En otros lugares como Chongqing, en China, han intentado crear unos carriles en las aceras destinados a los usuarios enganchados al móvil para evitar que entorpezcan el paso de los peatones que andan con prisa.

Pero ninguna de estas soluciones tiene en cuenta el problema principal que supone nuestra obsesión por la tecnología: la pérdida de la conciencia del otro, una disfunción social dañada en el ámbito de las interacciones intangibles y de los ritmos de la vida pública. En muchos espacios públicos, personas de todas las edades –no solo las generaciones más jóvenes– pasan uno al lado de otro con la mirada fija y concentrada en una película, una aplicación, un texto, un juego, un mapa o un artículo. Este nuevo comportamiento agrava la alienación social, y produce un nuevo orden de anomia.

El problema de los smombies

En 2016, el músico Moby y el ilustrador Steve Cutts colaboraron en la creación de un vídeo-clip de animación de la canción Are You Lost in the World Like Me? Como símbolo de nuestra era, en el vídeo se ven grandes masas de gente –que recuerdan a lemmings­–, con las cabezas inclinadas en un modo que nos resulta familiar, con las caras orientadas hacia la luz de sus teléfonos móviles, caminando, sin percatarse, directamente hacia un acantilado. El artista del grafiti, Adam Dare, respondió también a esta actitud con estarcidos en las aceras donde se leían los mensajes ‘¡A la mierda tu teléfono! ¡Mantén la cabeza alzada!’.

Pedestrians have become used to looking down at their phones while walking, mindless of others, through shared public space. This is the origin of the smombies.
Estarcido del grafitero Adam Dare. Foto vía Dale Cruse/flickr

Los intentos de la Unión Europea para regular los aspectos relacionados con la vigilancia y el seguimiento de los teléfonos móviles –aquellos por los cuales los usuarios debemos dar nuestro consentimiento explícito al rastreo de nuestros dispositivos– parecen haber malinterpretado los objetivos fundamentales de los programadores: captar, mantener y vender la atención de los usuarios. Obligarnos a dar nuestro consentimiento sin ofrecer más opciones específicas para rechazar un código manipulativo –aparte de la opción de no acceder al contenido de la página web­– no es suficiente para afrontar el problema subyacente: la capacidad no regulada de los medios para controlar nuestro comportamiento para su propio beneficio. Sabemos ahora que las aplicaciones están programadas especialmente para monetizar la atención de los usuarios, literalmente para vendernos la consciencia, tal como documentó Tim Wu en su libro publicado en 2016, The Attention Merchants: The Epic Scramble to Get Inside Our Heads. A cambio de las ventajas y entretenimiento que nos aportan los dispositivos, Wu afirma que “hemos aceptado una experiencia de vida que está condicionada en todas sus dimensiones ­–económicas, políticas, sociales y en cualquier otro ámbito que se nos ocurra– como nunca antes en la historia de la humanidad”.

Se podrían crear leyes que limiten el condicionamiento coercitivo de los programadores hacia los usuarios, quizá una junta de expertos tecnológicos podría controlar los procesos para evaluar el código de programación en los aspectos relacionados con el tratamiento de la atención de los usuarios. También podrían ampliarse las opciones de exclusión: “dejen de mandar notificaciones, de rastrearme y de condicionarme”. Sin embargo, a fin de recuperar la naturaleza social e interactiva del espacio público, la herramienta más efectiva y rompedora –pequeña pero poderosa– sería que todos estuviéramos de acuerdo en censurar la actitud de una persona que pasa al lado de otra con la mirada fija en el teléfono, sin reparar en lo que pasa alrededor. Esto debería ser considerado el súmmum de la descortesía, merecedor de un codazo, un silbido o un comentario. Caminar enfrascado en el móvil debería ser tratado como una violación ofensiva del espacio personal de cada uno, porque esa persona considera el espacio público como si fuera su reino privado, como si no hubiera necesidad de reconocer la presencia de otros y no pasara nada por bloquear el paso mientras navegamos a través de nuestra información personal. Podríamos reforzar las normas sociales que denuncian estas actitudes para aumentar la conciencia de uno mismo.

The musician Moby collaborated with illustrator Steve Cutts to create the animation for the song Are You Lost in the World Like Me? It visualizes throngs of smombies
Captura del vídeo-clip de Moby, titulado Are You Lost in the World Like Me. Ilustración de Steve Cutts

Código de conducta para el espacio público

Lo que estoy proponiendo es una especie de intervención de diseño social: un nuevo código de conducta en el espacio público que las personas se comprometan a cumplir, distribuido a través de códigos sociales; muy parecido a lo que pasaba cuando empezaron a llegar los primeros teléfonos móviles, cuando los amigos que se reunían en un restaurante decidían apartarlos, dejarlos encima de la mesa o levantarse un momento para ir a hablar por teléfono afuera. En este caso la disrupción la provoca la tecnología en sí, y la única forma en que podemos intervenir es divulgando la concienciación sobre este problema y creando un nuevo conjunto de normas.

Claro está que mi propuesta no es impedir que las personas no puedan consultar sus teléfonos en público. Pero lo que no podemos aceptar es un mundo repleto de smombies. Detente, hazte a un lado, créate un espacio privado apartado de los demás antes de sumergirte en tu móvil. Pero cuando camines por la acera, da la cara a los demás, ten la cortesía de mantener el espacio social en la calle. Alza la mirada, comparte tal vez una sonrisa o un ligero saludo con la cabeza. Participa generosamente de la cultura pública del lugar. Necesitamos recuperar el control de nuestra conciencia para mantener esas normas de cortesía tácitas en el espacio público compartido que permiten que la sociedad funcione.

Imagen principal: Foto de Maria Teneva/Unsplash

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