Aprender a relacionarnos con el mar

El autor reflexiona sobre la necesidad de entender el papel que éste juega en nuestras vidas

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La imagen de familias y niños disfrutando de la playa este verano aún permanece en nuestras retinas.

Ese inmenso océano azul que nos permite gozar del sol, refrescarnos y pasar grandes momentos de relax, es también uno de los grandes destinos turísticos del que disfrutan millones de personas en sus vacaciones anuales.

Seguramente este tiempo de descanso es uno de los pocos momentos en los que la mayoría de las personas pensamos en el océano, aunque solo sea como lugar de entretenimiento.

Todos deberíamos recordar que esa inmensa masa marina es la razón de que llamemos a la Tierra el planeta azul. Cubre el 72% de su superficie y es en buena parte su motor. Controla el clima y, junto con los bosques, es su gran pulmón, pues libera la mayor parte de oxígeno a la atmósfera. Alberga 210 mil formas de vida y además es fuente de proteína para mil millones de personas. En sus costas vive la mitad de la población mundial y se estima que dentro de veinte años esta cifra alcance el 75%, unos cinco mil millones de personas.

Dili, East Timor an area with plastic in the ocean
Vista aérea de Dili, capital de Timor Oriental. © UN/Martine Perret

Vista aérea de Dili, capital de Timor Oriental. © UN/Martine PerretEl océano es pues fuente de recursos energéticos, minerales, riqueza y trabajo y, en consecuencia, resulta clave para el equilibrio de nuestro planeta desde cualquier punto de vista. Sin embargo, los océanos están sufriendo el proceso de destrucción y degradación más grande desde la historia de la humanidad.

Los problemas de los océanos no se limitan a la sobrepesca o a la superpoblación de algas y microorganismos debido al exceso de nutrientes contaminantes, unos nutrientes que consumen gran parte del oxígeno disuelto y dificultan la proliferación de seres vivos. Ahora además enormes cantidades de plástico en el océano están convirtiendo este entorno magnífico e indispensable en el basurero del mundo.

Los científicos australianos Denise Hardesty y Chris Wilcox han estimado, con base a los desperdicios recolectados en franjas costeras de Estados Unidos, que existen siete millones y medio de pajitas de plástico en sus costas. Si extrapolamos esta cifra a todo el mundo quizá podemos hablar de más de mil millones de pajitas de plástico. Las pajitas de plástico de nuestras vacaciones. Pero claro, este no es el único residuo que tiramos al mar.

Según un artículo de 2015 publicado en la revista Science, desde 2010 se vierten cerca de nueve millones de toneladas de plástico a los océanos.

Según un artículo de 2015 de la revista Science, desde 2010 se vierten cerca de nueve millones de toneladas de plástico a los océanos. Si se colocara todo este plástico en bolsas a lo largo de la costa mundial tendríamos una bolsa llena cada treinta centímetros. Un plástico que se degrada por el efecto de los rayos UV y se descompone en miles de trocitos, los nefastos microplásticos, que ingieren las aves y los peces.

Con este escenario parece evidente que para garantizar que nuestro planeta siga siendo nuestro hogar, tal y como lo conocemos – o conocíamos -, deberemos crear programas de reeducación que nos hagan más conscientes sobre la necesidad de revisar nuestra forma de vida y evitar los inmensos perjuicios que estamos ocasionando a escala global. Debemos sustituir el uso de ciertos productos por otros más sostenibles e iniciar también programas de limpieza de los océanos.

Botellas de plástico y desechos de basura en una playa de Timor Oriental. © UN Photo/Martine Perret

Por suerte hay diversas iniciativas en este sentido. En 2016 unos científicos japoneses descubrieron una bacteria, la Ideonella sakaiensis 201-F6, capaz de digerir el plástico empleado en botellas de un solo uso, el polietileno tereftalato (PET), y con ello acelerar la destrucción de los plásticos de forma natural. Este proceso presenta algunos peligros, puesto que dichas bacterias podrían ser una amenaza para los productos de plástico que utilizamos a diario si salieran de nuestro control.

Quizá uno de los esfuerzos de limpieza más destacables es el que está realizando la Fundación The Ocean Cleanup. Su fundador, Boyan Slat, un día que buceaba por las costas griegas encontró más plásticos que peces, lo que le impulsó a juntar a científicos e inversores para buscar soluciones. En 2014 consiguió recoger fondos suficientes de 38.000 donantes de 160 países para poner en marcha una de las mayores limpiezas comunitarias, un sistema de barreras flotantes que aprovechan las corrientes marinas para capturar los desechos que, posteriormente, se pueden reciclar.

Hay personas escépticas con esta iniciativa, pero bienvenidos sean todos los Boyan Slat de nuestro planeta.

Porque quizás este tipo de iniciativas nos lleven a que un día, en otro de estos veranos con las playas llenas de niños jugando y gente bañándose o tomando el sol, tomemos nuestro refresco en un envase de plástico reciclado junto a un mar libre de residuos.

Ese día, al igual que en algunas antiguas civilizaciones los humanos adoraban al sol que les daba energía, veremos a muchos llegar a la playa y mirar con respeto durante unos segundos ese gran océano azul, antes de ponerse a disfrutar de él como hacen cada año.

Imagen principal: Imagen de las Maldivas ©Laika ac

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