Microrobots al rescate

¿Pueden unos minúsculos drones polinizadores ser una solución viable a la disminución de la población de abejas?

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El año pasado la gran cadena de supermercados Walmart presentó una patente que ponía el foco en la dramática disminución del número de abejas: el Pollination Drone (dron polinizador) es un sustituto de los polinizadores naturales. Su diseño, que combina partes pegajosas, cámaras y sensores, ha sido concebido para paliar los efectos de esta crisis ecológica.

Debido a una combinación de factores medioambientales, como el uso extensivo de plaguicidas, se cree que la población mundial de abejas se ha reducido a la mitad en la última década. Al margen de las implicaciones ecológicas más amplias que pueda tener, este declive supone una grave amenaza para el suministro mundial de alimentos, especialmente a medida que el crecimiento exponencial de la población mundial va exigiendo una eficacia cada vez mayor. Como respuesta a esta situación, se han propuesto toda una serie de ideas como posibles soluciones, desde colmenas impresas en 3D con condiciones internas controladas, hasta un programa de cría basado en bancos de esperma de abejas. Pero la que más ha llamado la atención es la idea de sustituir a las abejas por drones: la combinación de tecnología inteligente, robótica e inteligencia artificial parece sintonizar con el espíritu de los tiempos.

¿Un sustituto de las abejas?

En 2013, la Universidad de Harvard presentó el RoboBee, un robot volador inspirado en los insectos y del tamaño de un centavo, entre cuyas novedades destacaba la capacidad de moverse entre agua y aire, un logro que supera las capacidades de los insectos reales. Más recientemente, un grupo de la Universidad de Delft en los Países Bajos presentó el DelFly, un pequeño dron con capacidades motrices optimizadas: su ritmo de aleteo de 17 veces por segundo le permite realizar movimientos sumamente precisos. “Creo que dentro de cinco o diez años tendremos acceso a la tecnología necesaria para hacer drones mucho más pequeños y podríamos utilizarlos en invernaderos”, declaró el año pasado a The Guardian el investigador Matěj Karásek.

Asimismo, el Plan Bee, de la diseñadora estadounidense Anna Haldewang, trata de imitar la función de las abejas más que su apariencia o tamaño. De unas dimensiones relativamente grandes, vuela mediante hélices y detecta las flores con una cámara. “Plan Bee será capaz de polinizar a bajas temperaturas, con viento o de noche, en situaciones en que las abejas no suelen salir de la colmena”, dice Haldewang.

Plan Bee is a flying robot and sizeable drone that flies about 10 feet above orchards, dropping an even coat of pollen
Plan Bee diseñado por Anna Haldewang. Imagen cortesía de Plan Bee

Una solución aún menos zoomorfa es el Dropcopter, un dron de gran tamaño que vuela a unos 3 metros por encima de las plantaciones, dejando caer una capa uniforme de polen. La empresa que lo fabrica afirma haber demostrado que aumenta entre un 25 y un 50 por ciento el rendimiento de los cultivos. “¿Sabía que cada primavera más del 80% de toda la población de abejas de Estados Unidos se carga en unos 3.500 camiones articulados y se envían a California solo para la floración de sus enormes campos de almendros?”, afirma un portavoz de la empresa para explicarnos la lógica por la que se rige esta tecnología. “La demanda de cultivos continúa, mientras que la oferta de polinizadores naturales sigue disminuyendo. Claramente se trata de una situación insostenible”.

Resolver una crisis ecológica no es tan sencillo

Aunque resulta fácil entender el atractivo y la lógica de estas soluciones de polinización artificial, no han sido bien recibidas por todos. El profesor de la Universidad de Sussex y especialista en abejas, Dave Goulson, escribía recientemente en un blog que estimaba en 32.000 millones de libras esterlinas (unos 36.000 millones de euros) anuales el coste de reemplazar los 3,2 billones de abejas del planeta, y añadía: “Es sumamente improbable que podamos producir algo tan barato o tan efectivo como las propias abejas. ¿Y qué sucede con los costes medioambientales de la fabricación? ¿Qué recursos necesitaría y qué huella de carbono supondría?”

Andrés Salazar, de la organización sin ánimo de lucro BeeLife, cree que el desarrollo de abejas robóticas es una mera distracción frente a la crisis ecológica generalizada que ha provocado su declive. “La problemática no puede sacarse de contexto, ya que también afecta a otros insectos y animales y, en consecuencia, a los ecosistemas que habitan”, añade. BeeLife hace hincapié en medidas como el cultivo de plantas que favorezcan la salud de las abejas, un uso sostenible de pesticidas y fertilizantes, y priorizar los incentivos para los apicultores en vez de para las innovaciones tecnológicas.

La ecologista Sandra Bell, de Friends of the Earth, pone el énfasis en la idea de que la ciencia debe orientarse hacia la protección más que hacia la sustitución de las abejas. “Los polinizadores no solo son fundamentales para la producción de alimentos, sino que las abejas y las mariposas son también una parte importante del entorno natural del que disfrutamos y eso es esencial para nuestro bienestar”.

Restablecer la naturaleza

En este contexto, las soluciones que tratan de ayudar a las abejas en lugar de obviar nuestra dependencia de ellas, resultan prometedoras. Entre ellas, la propuesta conceptual pero funcional del artista Michael Candy, de Brisbane, de flores robóticas impresas en 3D que ofrecen un suplemento de néctar manufacturado, permite enseñar a las abejas a buscar ciertos tipos de flores y monitorizar su comportamiento. “Tal vez ideas como la de los polinizadores sintéticos permitirían sensibilizar a la gente sobre la importancia de los propios polinizadores y fomentar soluciones más ecológicas a los problemas agrícolas”, señaló en una entrevista el año pasado.

Flying robots pollinators and similar solutions to replace bees have not been universally welcomed
Las abejas melíferas son esenciales para la producción de alimentos, la salud y el bienestar globales

Otro proyecto conceptual, en este caso una propuesta deliberadamente low-tech que adopta una posición más crítica, es el Human Pollination Project de Laura Allcorn. Consiste en un juego de herramientas para que los humanos realicen la laboriosa tarea de polinizar manualmente árboles frutales y provocar así una toma de conciencia sobre la enorme responsabilidad que recaería sobre nuestras espaldas si desaparecieran las abejas. En el texto que acompaña su aportación a una nueva exposición, Food: Bigger Than Plate, en el Victoria & Albert Museum de Londres, escribe: “Mi esperanza es que, mediante estos instrumentos irónicos, el abrumador problema resulte más personal, visible y comprensible”.

Solo cabe esperar que todos estos proyectos de polinización artificial – ya sean los que buscan replicar los polinizadores o los que tratan de restituir la salud de sus poblaciones – sirvan para un propósito único: recordarnos el papel crucial que desempeñan las abejas en nuestro ecosistema y lo mucho que dependemos de ellas para vivir.

Imagen principal: Una imagen del RoboBee de la Universidad Harvard. Foto del Wyss Institute de la Universidad de Harvard