El nuevo rural

Urbanitas y arquitectos imaginativos reviven las zonas rurales de España y Portugal.

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¿Los habitantes de los pueblos son «ciudadanos» o son «paletos»? ¿No son también «paletos» los ciudadanos que no saben distinguir una col de una lechuga? ¿Por qué ese afán histórico de ridiculizar a los habitantes de la España rural?

El deslumbramiento y las falsas promesas de la vida en las ciudades hicieron que la población de los pueblos del interior de España emigrara hacia la ciudad de forma masiva en los años sesenta y cincuenta, hasta llegar a una despoblación que es dramática en nuestro país, más que en ningún otro de Europa, pues afecta a la mayor parte del territorio nacional.

En España nos llevamos el Oscar a la despoblación. Nada menos que un 13% del territorio es oficialmente desierto demográfico, con menos de 8 habitantes por km², un dato que solo se repite en los Highlands escoceses y en Laponia. De hecho, esta zona del interior español, con un área el doble de grande que Bélgica, es conocida como la Laponia del Sur.

 

Hasta el momento, y aparte de las promesas oficiales, solo algunos pequeños emprendedores locales tratan de reactivar estas zonas, gracias al desarrollo de proyectos, principalmente de turismo rural, un tipo de turismo cada vez más aceptado como alternativa al tradicional modelo de playa.

Para llevarlos a cabo, buscan ayudas financieras en organismos públicos. Muchas de estas subvenciones proceden actualmente de la Unión Europea, destinadas a financiar la recuperación de pueblos y crear actividad empresarial. Por su parte, muchos municipios y comunidades autónomas dan cierto tipo de facilidades a quien quiera trasladarse a pueblos deteriorados: como la venta de casas por un euro u ofrecer aldeas enteras situadas en sitios increíbles a precios muy ventajosos. A pesar de todo, estas facilidades están limitadas por ciertas condiciones, como contar con una determinada edad, compromiso de rehabilitación de las casas, censarse en el pueblo o invertir en él mediante el desarrollo de proyectos.

Mucha gente joven que malvive en las ciudades con trabajos mal remunerados, soportando los elevadísimos precios de la vivienda y del coste de vida, sueñan con la posibilidad de volver al campo o al pueblo con su familia, gracias a la posibilidad que abre el teletrabajo y que nos ha cambiado la vida. Se cuentan ya muchos ejemplos de profesionales que han dado el paso y se han instalado en pueblos apartados, desde los que continúan con su actividad a distancia, o ponen en marcha una nueva actividad que incentive la repoblación de estas zonas.

Miguel de Santos, periodista y actualmente director de Porter y de la revista digital El Hedonista, se construyó poco a poco una casa en un terreno al final del pueblo de Carrascal de la Cuesta, en la provincia de Segovia. Desde entonces, y atraído cada vez más por la vida rural, sus estancias eran más frecuentes, hasta que hace unas semanas, Miguel, periodista curtido en mil batallas y al pie del cañón, decidió quemar sus naves y empezar a trabajar desde aquí. De momento está feliz en su casa sostenible y eco-eficiente, aunque con wifi irregular.

Algo parecido le ocurre al paisajista y pintor Fernando Valero Artola. Una casa de piedra en una aldea de apenas cuatro habitantes entre semana ha sido el motivo por el que va cada vez más a menudo al pueblo. La excusa es que él mismo, con una cuadrilla de gente de la zona, se está ocupando de reformar una casa, el antiguo gallinero y otro corral, a pocas casas de la suya. El lugar fue inmortalizado como la Siberia que atravesaba el tren de Zhivago; pero no era Rusia, sino las afueras de Torrecilla del Condado.

Por su parte Nacho Mariscal, uno de los diez hermanos del diseñador Javier Mariscal, ha elegido para vivir un mas en el Maestrazgo; lo ha transformado en un hotel muy especial llamado Aldea Roqueta, cuya rehabilitación la llevaron a cabo masoveros de la zona, que ahora trabajan también en él.

Otro ejemplo es el empresario Luis Corella, que decidió montar un negocio de producción de rosas en invernaderos. Tras un riguroso estudio eligió un pueblo de la provincia de Soria que ahora alberga los invernaderos de Aleia, el mayor vivero de rosas de Europa, de los que todos los días salen camiones cargados de rosas rojas rumbo a Holanda.

Vellosillo Dreams un ejemplo de arquitectura rural para impulsar zonas abandonadas.
Vellosillo Dreams, un ejemplo de arquitectura rural para impulsar zonas abandonadas.

Jorge Juan García también lo tuvo muy claro. Hace cinco años se fue a vivir a su pueblo y formó una asociación de 170 vecinos. Entre todos montaron Vellosillo Dreams, un fondo de capital riesgo de 200.000€ destinado a apoyar cinco proyectos que se desarrollen en el pueblo y que favorezcan el repoblamiento. Los cinco proyectos tienen que ver con la relación con el hábitat y son de carácter agrícola, turismo sostenible o viviendas autosuficientes.

Lo que dicen los arquitectos

Para salir de la ciudad y tomar la decisión de vivir en un pueblo hay que ser muy consciente de que se necesitan una serie de requisitos indispensables, pues los urbanitas se han convertido en seres bastante frágiles y dependientes, en ocasiones no aptos para la vida en un pueblo; en parte más fácil, pero también más dura. Vemos iniciativas y proyectos como los de Aleia o Vellosillo Dreams, pero también recordamos lo conseguido en pueblos recuperados con arquitectura rural en otras épocas, como por ejemplo el de Carmona, en Cantabria, la comarca de la Vera o el pueblo de Medinaceli, que consiguieron repoblarse gracias a la recuperación del casco antiguo o de sus pequeñas fincas agrícolas transformadas en segundas viviendas o en proyectos hoteleros muy singulares. Ahí están el Hotel Ayllón de Soria (véase más abajo), el Consolación Hotel de Teruel o el Hotel Aire de Bardenas de las Bárdenas Reales, zonas realmente desérticas y abruptas, ejemplos de lucha por la repoblación que, de todos modos, en nuestro país va muy lenta.

Arquitectura rural. Hotel Aire de Bardenas, Navarre.
Arquitectura rural. Hotel Aire de Bardenas, Navarra.

Cristina Domínguez Lucas y Fernando Hernández Gil, arquitectos de Lucas-Hernández Gil y autores de varios proyectos de arquitectura rural interesantes, como el Hotel Ayllón, sobre el que cuentan que tuvieron que conectar varias casas antiguas a través de corrales y patios. La arquitectura vernácula, según ellos, es más versátil que la urbana, pues normalmente son construcciones sin arquitecto y con elementos como bóvedas, terrazas, patios o corrales interconectados. Lo esencial para ellos es la climatización, la orientación y la buena artesanía.

Hotel Ayllón en Segovia. Arquitectura rural.
Hotel Ayllón en Segovia. Arquitectura rural.

Beatriz Guijarro es otra arquitecta que ha intervenido en numerosas rehabilitaciones de casas populares. «La vivienda allí –dice– se vincula siempre al exterior, lo contrario que en las ciudades, y esto tiene muchísimas ventajas». Confiesa que cuando empezó a construir en pueblos tuvo la suerte de conocer a Vicente, un constructor de la zona que maneja todos los materiales y las técnicas, del que ha aprendido mucho de materiales; de la utilización del barro, de la teja, de las juntas y las cubiertas, de impermeabilizaciones y aislantes y sobre cómo adaptar los edificios a las tecnologías actuales en materia de calefacción y energía.

Rubén Picado y María José de Blas, del estudio Picado de Blas, confirman que la gente joven es la que lidera el cambio hacia una nueva vida rural y hacia las segundas residencias que tan buenos resultados han dado en pueblos como Medinaceli o en zonas como La Vera y Cuenca en los años sesenta. Sin embargo, lo esencial para que una zona recupere población son unas buenas políticas de agua (recogida, depuración y mineralización), de energía, de comunicación, de abastecimiento y sanidad, además de un respeto por el patrimonio y una intervención valiente, que tergiverse lo menos posible el tejido.

*Imagen destacada: Impulsores del proyecto Vellosillo Dreams, junto a Ramón López, alcalde de Sepúlveda (centro). Imagen: David Brunat

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