Soberanía alimentaria

Sistemas agroalimentarios indígenas y resiliencia en tiempos de crisis

Article image

La luna de octubre se asoma en las montañas Ayuujk (Mixe) en Oaxaca México, las flores de cempacúchitl adornan los altares guiando a nuestros muertos a casa para celebrar el Día de Muertos o Ap Xëëw. Mis tías cultivaron sus milpas, un sistema tradicional basado en maíz y asociado con frijol, calabaza, papas, chayotes y frutos de temporada. También criaron pollos y guajolotes, y cosecharon pulque (una bebida derivada del maguey o agave). Para los Ayuujk ja’ay y otros pueblos indígenas de México, el Ap Xëëw es la celebración en la que los que vivimos en el mundo de los vivos «tuk et» convivimos con nuestros difuntos habitando el «Ja tuk et». En ambos mundos, los vivos y los muertos cultivan maíz, la milpa, trabajan la tierra y la cuidan para tener techo, vestido, alimento y vida. Nuestros seres queridos viviendo en el otro mundo influencian nuestra vida y por ello debemos recibirles con amor. La celebración del Ap Xëëw coincide con la conclusión del calendario agrícola y es por eso que representa la vida y la muerte.

Día de Muertos en una comunidad indígena.
El Día de Muertos o Ap Xëë es la celebración donde el mundo de los vivos convive con el de los muertos. Imagen Sabine Cudney.

En el mundo, existimos 370 millones de personas indígenas, habitando menos del 25% del territorio y preservando aproximadamente el 80% de la biodiversidad. Irónicamente los pueblos indígenas representan el 15% de la población en extrema pobreza. En México, los pueblos indígenas representan el 21% de la población nacional y el 70% vive en la pobreza. A nivel global, cada seis segundos se pierde un bosque del tamaño de un campo de futbol derivado de los proyectos de desarrollo, muchos de estos territorios son hogar de los pueblos indígenas.

¿Cómo es que los pueblos indígenas han sido resilientes y han coexistido por milenios? ¿Acaso es tiempo de voltear a ver otros modelos ya que el prevaleciente no ha sido suficiente? Reflexionemos sobre el caso de la milpa en México como una de las tantas alternativas a la soberanía alimentaria. Por un lado, una milpa es un sistema policultivo que en tres componentes refleja la sabiduría de los pueblos indígenas. El maíz da soporte al frijol mientras que este ayuda a fijar nitrógeno, un elemento esencial, y la calabaza previene la erosión del suelo y evita que las malezas crezcan. Entonces, un sistema milpa aporta más de manera integral a los componentes del sistema agrícola pero también provee una dieta balanceada a los campesinos a lo largo del año.

Somos una sociedad con problemas de alimentación, mientras algunos enfrentan desnutrición, otros obesidad. En la época de la colonia en México, el maíz se exportó a diferentes partes del mundo, aunque es un cultivo que se adapta a muchas condiciones climáticas extremas, no proveyó la misma riqueza nutricional fuera de Latinoamérica porque ésta no solo estaba en la milpa sino en las más de 600 formas de procesar el maíz.

El conocimiento de estos sistemas alimentarios pertenece a los pueblos indígenas y vive en la tradición oral y se fortalece en los diferentes rituales de la vida diaria de nuestros pueblos, como el Ap Xëëw. El cultivo del maíz es además una actividad social, fortalece el tejido social, la reciprocidad e incrementa la resiliencia de los pueblos. Por ejemplo, es común que los campesinos cultiven sus milpas a través de tequios, dónde yo voy a la parcela de mi vecina a sembrar maíz y ella me ayuda al día siguiente en mi parcela. Lo mismo pasa para las celebraciones y festividades.

La milpa es un sistema de alimentación propio de las comunidades indígenas.
La milpa es un sistema alimentario indígena basado en el cultivo del maíz, frijol y calabaza. Imagen Lourdes Diego Cervantes.

Fernanda, una campesina indígena zapoteca me dijo que cultivar maíz es un acto de resistencia, vida y resiliencia. Para ella es común que cuando hay derrumbes o terremotos, la gente de su pueblo se quede incomunicada y encerrada, han aprendido que sobrevivir solo es posible si cultivan sus milpas, si se ayudan de manera colectiva y se apoyan porque, aunque tengan dinero, Sin Maíz No Hay País y no hay vida. A los 75 años, Fernanda parece tranquila a pesar de que con la COVID-19 el pueblo decidió que deberían hacer una cuarentena colectiva, están aislados, si alguien debe entrar o salir del pueblo, deberá hacerlo de manera rigurosa para evitar «llevar la enfermedad al pueblo».

La vida de manera individual no puede ser concebida como lo hacen en las ciudades, tan pronto el gobierno federal anunció la cuarentena, los amigos y familiares de Fernanda viviendo en las ciudades regresaron al pueblo: «Es más fácil sobrevivir en el pueblo, nos cuidamos unos a otros, yo aunque no siembro tanto maíz como antes, tengo mis gallinas, la fruta de temporada, tengo agua, conservamos la fruta o alimento que nos sobra, todos los días me vienen a ver mis vecinos para asegurarse que estoy bien». En el pueblo de Fernanda cuidar la tierra dónde su ombligo está enterrado y que los conecta a la madre tierra, es defender la vida y el futuro de las generaciones.

Se estima que para el 2050 necesitaremos el doble de alimentos para poder satisfacer las demandas alimenticias mientras que en la actualidad el 50% de los alimentos son desperdiciados sin ser consumidos. Quizás producir de manera local e intentar alternativas urbanas puede ayudarnos a conectarnos más con la naturaleza, a repensar lo que consumimos y cultivamos, a valorar el esfuerzo que conlleva y a reactualizar nuestros hábitos.

Imagen principal: El cultivo de maíz incrementa la resiliencia de los pueblos indigenas. Imagen Frank Meriño/Pexels 

 

Suscríbete a la newsletter