Neuroarquitectura, la nueva frontera de la arquitectura

La neuroarquitectura revela cómo y por qué conectamos fisiológicamente con el espacio y el lugar

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La mayor parte de movimientos desarrollados a lo largo de la historia de la arquitectura han nacido a partir de la forma, la función y la filosofía. Sin embargo, en un futuro cercano, esto podría cambiar. Neurocientíficos y psicólogos se ocupan de arrojar un poco de luz en los recónditos misterios del cerebro para revelar cómo y por qué reaccionamos ante la arquitectura a nivel fisiológico. Sus descubrimientos reveladores llevan a muchos a pensar que hemos entrado en un nuevo paradigma, donde las personas –más que los edificios– están en el epicentro de la disciplina arquitectónica. Bienvenidos a la nueva era de la neuroarquitectura.

«La neuroarquitectura reside en la intersección entre la neurociencia, la psicología y la arquitectura», declara el doctor Oshin Vartanian, profesor adjunto en el departamento de psicología de la Universidad de Toronto, en Canadá. «El objetivo es proporcionar un marco empírico para crear ambientes que puedan optimizar el comportamiento humano, la salud y el bienestar».

Este campo de estudio proviene de la psicología ambiental desarrollada en los años sesenta y del principio del diseño basado en evidencia de los años ochenta. Como nueva disciplina, la neuroarquitectura empezó a ser conocida en 2003 a partir de la formación de la Academy of Neuroscience for Architecture en San Diego, Estados Unidos. Ganó reconocimiento en 2014, cuando John O’Keefe, May-Britt Moser y Edvard I Moser ganaron el Premio Nobel por su revolucionario descubrimiento que identifica la existencia de neuronas que se sienten en armonía con el lugar. Y, más tarde, terminó de ganar reputación en 2016 cuando se celebró en Londres el primer congreso de ciudades conscientes –llamado Conscious Cities Conference– que trató el tema de la neuroarquitectura con la participación de neurocientíficos, psicólogos, arquitectos y urbanistas.

Pero lo que los neurocientíficos están estudiando ahora no es nada nuevo. Desde el momento en que nuestros ancestros acometieron lo que se conoce como «selección de hábitat» –un reto cargado de amenazas para la supervivencia– los humanos siempre hemos reaccionado fisiológicamente a los lugares. Lo que pone la neuroarquitectura a la vanguardia del diseño es que, por primera vez, los neurocientíficos pueden medir estas reacciones con el fin de ayudar a construir el entorno según nuestro conocimiento, tanto figurativa como literalmente.

«Ahora es posible compilar datos fisiológicos como el ritmo cardíaco, además de datos de la actividad cerebral mediante la ayuda de un electroencefalograma portátil (EEG), con lo que se puede obtener un conocimiento más completo de la respuesta humana a los entornos construidos», explica Vartanian, que estudia la reacción de las personas ante la arquitectura in situ y en entornos de realidad virtual.

Según el geólogo Jay Appleton, juzgamos la belleza estética de los paisajes naturales basados en si sus condiciones son o no favorables para nuestra supervivencia. «La misma idea se extiende a los entornos construidos que ofrecen una sensación de seguridad», comenta Vartanian. «Las preferencias actuales de las personas por uno u otro lugar están motivadas, en parte, por la forma como estos espacios habrían proporcionado una ventaja a nuestros ancestros en términos de supervivencia.»

Como era de esperarse, también buscamos espacios que evocan un sentimiento de placer.

El neurocientífico y consultor sobre temas de diseño, el doctor Colin Ellard, ha descubierto que nuestros humores y niveles de excitación aumentan cuando nos encontramos ante fachadas diferentes o «texturizadas». Y comprobó su teoría cuando un grupo de sujetos, que formaban parte del estudio que estaba realizando, al pasar ante fachadas monótonas o poco variadas, inconscientemente aumentaron el paso.

La investigación de Vartanian muestra que un conjunto de estructuras del cerebro que participan en la experiencia de sentir emociones y recompensas también se activan cuando sentimos placer hacia la arquitectura. Ha descubierto que las formas curvas tienen un impacto positivo en nuestras emociones y las preferimos a los ángulos agudos. De forma parecida, algunas personas prefieren los espacios diáfanos y techos altos, y reaccionan negativamente ante plantas de distribución muy compartimentada y techos bajos.

«Cuando se les pide a las personas que realicen una tarea estresante, se da una reacción fisiológica más intensa, medida por el cortisol, si se encuentran en un espacio cerrado que en un espacio que ofrece aberturas virtuales por donde escaparse», apunta Vartanian. «Debido a que el cortisol es un biomarcador de estrés establecido, sería lo mismo que decir que las personas en condiciones cerradas experimentaron más estrés bajo estas circunstancias.»

Los impactos de estos descubrimientos son trascendentales. Explican el sentimiento de asombro que sentimos al pasear entre las ruinas antiguas, como el Machu Picchu en Perú o el Coliseo de Roma. También ilustran cómo las típicas aulas escolares y las habitaciones de hospital nos afectan negativamente, cosa que no deja de ser una ironía cruel, considerando que estos lugares deberían optimizar nuestro rendimiento mental y salud física.

Embajada australiana en Washington, de Bates Smart

Durante siglos, los arquitectos han entendido este fenómeno de forma intuitiva. De manera que es frustrante que todavía haya algunos que se muestren escépticos ante la neuroarquitectura y sientan temor al hecho de que al cuantificar el entorno urbano pueda terminar por calificarlo. Sin embargo, en general, la neuroarquitectura está hoy en día captando atención internacional. Kristen Whittle, directora del estudio de arquitectura y diseño Bates Smart de Australia, autores del reconocido Royal Children’s Hospital en Melbourne, cree que la neuroarquitectura está redefiniendo el futuro del diseño y ha adoptado la tecnología de la realidad virtual en su práctica arquitectónica. Bjarke Ingels, fundador de BIG, el estudio danés, diseña pensando antes que nada en las personas. Y Stefano Boeri, el fundador del estudio epónimo, basa su trabajo en el diseño biofílico, que tiene como objetivo aumentar nuestro bienestar y rendimiento.

Royal Children’s Hospital en Melbourne, de Bates Smart. © John Gollings

Vartanian predice que la demanda de diseño basado en la evidencia crecerá en el futuro. «Creo que el futuro de esta disciplina es brillante y que los neurocientíficos y psicólogos pueden aportar un conocimiento relevante sobre las necesidades de los arquitectos, diseñadores y urbanistas para ayudarles a llevar a cabo sus proyectos de forma más exitosa.»