El poder del no

Evitar catástrofes derivadas del cambio climático también es cuestión de ética

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Lo que mejor define a los arquitectos es su necesidad común de crear. Es esta misma necesidad la que nos lleva a elegir esta profesión. Hacer, moldear, soñar en acero, tejido, ladrillo o mortero. Nuestra educación y nuestra vida profesional nos preparan para crear. Por ello, cualquiera que nos ayude en este proceso de creación necesariamente debe ser considerado como un aliado. Nuestros clientes, mecenas y todos aquellos que solicitan nuestros servicios se sitúan más allá de la logística. No solo nos permiten llegar a fin de mes, sino que justifican nuestra existencia. Su necesidad de nuestros servicios nos da la oportunidad de realizarnos plenamente, de ser aquello para lo que nacimos, de realizar los diseños que nos rondan la cabeza, como por ejemplo, proyectos de arquitectura sostenible.

Por ello, lo peor que podemos hacer es ir a una de esas buenas personas y decirle “no puede ser”.  Sin embargo, en la era del cambio climático y catástrofes derivadas, es la habilidad más urgente a cultivar. De no hacerlo, los resultados serán desastrosos; de hecho, ya lo están siendo. Mientras se publican estas líneas, miles de personas se están viendo desplazadas de sus hogares en Irán, Mozambique o Nebraska, en Estados Unidos, a causa de las inundaciones producidas por el cambio climático. Durante las próximas dos décadas, los desastres climáticos desplazarán anualmente a 14 millones de personas. Ciudades como Medellín, Mosul y Dhaka viven al borde de la catástrofe, a la expectativa de un suceso desencadenante.

 

A medida que la humanidad se urbaniza a un ritmo de un millón de personas al día, las ciudades que diseñamos ayer se van convirtiendo en ollas a presión, por la sencilla razón de que no fueron concebidas para albergar al número de personas que actualmente contienen ni para enfrentarse al cambio climático. Dadas las circunstancias, ¿qué diseñamos ahora? Se hace necesario defender desde la profesión la ética y la necesidad de diseñar ciudades en base a una arquitectura sostenible.

As architects we are trained to believe that it was an architect’s duty to shield the public from all the calamities
En 2013, el derrumbe del edificio comercial de ocho plantas Rana Plaza, en Dhaka, Bangladesh, se considera el accidente por falla estructural más mortal de la historia moderna de la humanidad. Foto a través de Dhaka Tribune.

El diseño profesional se encuentra entre la espada y la pared: por un lado, la ley y, por otro, el mercado. La primera nos dice lo que no podemos hacer. Es el “no”. El segundo abre un mundo de posibilidades de lo que podemos hacer. Es el “sí”. El mercado pide ¡rascacielos! ¡museos! y ¡extravagantes adornos!, y quiere que los diseñemos porque, si no lo hacemos, nunca llegarán a existir. En otras palabras, el mercado quiere que estemos a la altura de nuestra vocación. Quiere que cumplamos nuestro cometido.

El problema con la ley

Fui educado en la creencia de que el deber del arquitecto era proteger a la gente de las calamidades que pudieran desencadenar la naturaleza y el entorno construido. Y que, al defender con determinación la salud, la seguridad y el bienestar de la gente, definíamos nuestra virtud cívica y justificábamos nuestro título al tiempo que manteníamos a raya el caos. En el transcurso de los siglos, hemos ido aprendiendo a diseñar nuestros edificios y ciudades para que la gente estuviera segura. Esto, desde luego, tiene algo de mitología egoísta. Los códigos de edificación protegen la salud pública, la seguridad y el bienestar, y los arquitectos los respetan. Pero hay toda una caterva de otras profesiones que también tienen que respetar las mismas leyes y otro grupo dedicado a velar por su cumplimiento. Reivindicar que protejo la seguridad pública porque diseño respetando el código es como quien respeta el límite de velocidad y se jacta de ser el garante de la seguridad vial. Lo único que hago es cumplir la ley. Y, aunque está bien cumplirla, tampoco se trata de una hazaña heroica.

El problema con el mercado

 El mercado, por la parte que le toca, quiere destruir el mundo. Nos atrinchera en economías extractivas que arruinan países completos y provocan la extinción de especies enteras. Crea escenarios de riesgo que ningún individuo en su sano juicio asumiría, pero, al difuminar el peligro por todo del mundo, hace que nos lancemos al abismo alegremente. El mercado amplía continuamente la brecha entre ricos y pobres y, al menos en lo que respecta al cambio climático, permite a los ricos embolsarse los beneficios, mientras que son los pobres quienes soportan los costes.

“El mercado nos obliga a construir en lugares donde no deberíamos hacerlo, simplemente porque, de momento, la ley permite que sea rentable”.

Esto no significa que el capitalismo sea malo. Yo, personalmente, lo defiendo. Pero últimamente hay algo que no funciona entre la ley y el mercado. Es como si la ley se hubiera puesto al servicio del mercado. El cambio climático es una consecuencia directa de este desequilibrio y los desastres resultantes, su expresión más aguda. El mercado nos obliga a construir en lugares donde no deberíamos hacerlo, simplemente porque, de momento, la ley permite que sea rentable.

Cómo decir “no”

¿Cómo deben responder los arquitectos? Diciendo que no. Tienen que asumir su profesión y su ética, abogar por proyectos de arquitectura sostenible, y entender que no deben construir algo solo porque el mercado les obligue y la ley lo favorezca. La actual relación entre la ley y el mercado produce resultados absurdos. Fomenta continuamente la construcción en sitios como llanuras aluviales, fallas geológicas o zonas de alto riesgo de incendios, y todo ello con la colaboración tácita o voluntaria de los arquitectos. Deberíamos detener todo esto porque la nuestra es una vocación superior.

Even as sea water bubbles up through the streets, architects continue to build in Miami as we are asked for.
Inundación por marea alta en la bahía de Brickell, en el centro de Miami, en octubre de 2016. Foto a través de Wikimedia Commons.

¿Estoy abogando por quebrantar la ley? Por supuesto que no. Nunca se me ocurriría hacerlo por escrito. ¿Estoy abogando por un completo abandono del mercado del que salen nuestros sueldos? No, eso resultaría impracticable. Yo también tengo facturas que pagar. Por lo que estoy abogando es por la idea de que un arquitecto tiene una ética más elevada que la que pueda contener cualquier código de edificación o normativa urbanística. Que nuestra ética, basada en valores como la fe, la cultura o la familia, establece un conjunto de principios rectores que nunca deberían verse comprometidos, digan lo que digan la ley o el mercado. A veces, no nos queda otra que decir que no, que nos negamos a ser cómplices.

En estos tiempos de cambio climático, vemos cómo nuestras ciudades se vuelven cada vez más densas y corren peligro. Miami es uno de los ejemplos más palmarios, donde se sigue construyendo a pesar de que por sus calles burbujea el agua del mar. ¿Por qué? ¿Para ganar dinero? Desde luego. Parece inevitable que, mientras la ley y el mercado sigan estructurados de tal modo que alguien pueda ganar dinero construyendo castillos de naipes, siempre habrá algún imbécil avaricioso que lo haga. ¿Pero tenemos que ser cómplices de todo eso? No.

Imagen principal: Mika Baumeister/Unsplash