¿Por qué es tan difícil?

Del síndrome de Henry Ford a una nueva realidad arquitectónica

Vivimos un momento sin precedentes. En los últimos cincuenta años, la población mundial prácticamente se ha duplicado. En los próximos cincuenta años, será necesario construir dos mil millones de viviendas adicionales. Ante esta realidad, cualquier teoría sobre una eventual disminución de la construcción es pura fantasía. El reto es mayúsculo: garantizar la sostenibilidad de un sector que, a día de hoy, sigue siendo el más contaminante de todos.

Este panorama se ve aún más complicado por la creciente escasez de mano de obra cualificada, un problema que se manifiesta de manera diferente en cada región. La ecuación es clara: necesitamos construir más —y más rápido, especialmente en los contextos en los que los sistemas de vivienda están bajo presión—, pero no disponemos de los recursos humanos suficientes para hacerlo. Por ello, resulta urgente replantear de forma radical los procesos constructivos que diseñamos. 

En este escenario, la prefabricación surge como una solución lógica y pragmática. La industrialización de los componentes y la reducción de la dependencia de la mano de obra permiten dar respuesta, al mismo tiempo, a la urgencia cuantitativa y a la necesidad de una ejecución más eficiente, con soluciones más controladas que implican un menor consumo de recursos y una reducción significativa de residuos.

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Y, de hecho, esta revolución ya está en marcha. La prefabricación está sustituyendo progresivamente a los métodos tradicionales. La producción en serie de componentes constructivos industrializados representa hoy un mercado en plena expansión, especialmente en Europa y en la región Asia-Pacífico. Como ejemplo, se estima que en España el porcentaje de viviendas que se construyen mediante prefabricación podría pasar del 2% actual al 10% en los próximos cinco años, según un artículo publicado en El País el pasado mes de febrero.

¿Está la arquitectura aprovechando al máximo este cambio de paradigma? La respuesta es no, todavía no. Y existen varias razones que hacen que esta misión sea especialmente compleja. Destaco tres que considero particularmente relevantes.

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1. Como arquitectos, invertimos con frecuencia un esfuerzo desproporcionado en el desarrollo de sistemas constructivos que buscan establecer paralelismos con otras industrias —como la automovilística—, pero en la mayoría de los casos nos centramos en la originalidad del diseño y descuidamos la aplicabilidad y la viabilidad comercial. Gilbert Herbert identificó claramente esta actitud y la denominó el «síndrome de Henry Ford». 

La industria puede y debe actuar como fuente de producción y de conocimiento, no como un simple medio de ejecución. La relación entre arquitectura e industria no se construye a partir de la disrupción, sino a través de la capacidad de evolucionar conjuntamente mediante procesos incrementales que reconfiguren los sistemas existentes y les atribuyan nuevas funciones y nuevas expresiones.

2. La prefabricación exige un enfoque sistemático que debe incorporarse desde la fase de diseño, antes de llegar a la obra. Esto implica dos transformaciones fundamentales respecto al modelo tradicional de concebir la arquitectura. En primer lugar, la logística pasa a formar parte integral del proyecto. Las dimensiones y el peso de los módulos, los radios de giro de las grúas, los sistemas de montaje y los obstáculos existentes entre la fábrica y la obra se convierten en condicionantes determinantes para el diseño. 

En segundo lugar, se invierte la lógica proyectual. Si en el modelo tradicional se piensa primero en la forma y solo después en el proceso constructivo que la hará posible, la prefabricación obliga a actuar de manera inversa. Se comienza por el proceso constructivo y por los componentes que lo hacen viable, considerando todos los factores anteriores, y solo después se define el resultado final. La forma terminada del edificio no es más que la consecuencia de la multiplicación y la asociación de esos componentes constructivos. Las obras se convierten, así, en un reflejo directo de los sistemas que las constituyen.

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3. La industrialización de los sistemas, junto con el nivel tecnológico y de conocimiento disponible en la actualidad, nos brinda la oportunidad de abordar cuestiones emergentes vinculadas a las nuevas exigencias medioambientales. Permite desarrollar componentes que puedan desmontarse y volver a montarse en el futuro, prolongando el ciclo de vida de los materiales más allá de la vida útil de los propios edificios. Facilita explorar la integración de elementos prefabricados con materiales de base biológica, como demuestra el trabajo desarrollado por Anne Beim y su equipo en CINARK.

Sin embargo, el aprovechamiento de estas oportunidades se enfrenta todavía a numerosas barreras. La certificación de estos componentes y procesos constructivos no convencionales resulta compleja, cuando no inviable, lo que traslada al arquitecto la responsabilidad sobre la seguridad y la durabilidad de estas soluciones. Estas limitaciones, que afectan a aspectos críticos como la resistencia estructural, la estanqueidad o los costes de mantenimiento de los edificios, continúan alejando estas propuestas del mercado actual de la construcción.

Estos tres retos exigen a la arquitectura nuevos esfuerzos y nuevas respuestas, capaces de trasladar el conocimiento del prototipo a la obra real, y del laboratorio a la producción a gran escala. También requieren establecer una relación reforzada con la industria, basada en la cooperación más que en la competencia, como ya advirtió tempranamente Walter Gropius hace más de un siglo. Si la arquitectura no entra en la fábrica, quedará relegada a observar desde fuera la transformación que ya está moldeando nuestro entorno construido.